JARDÍN DE LIBROS

LIteratura Peruana y Mundial

Antes de que me olviden,

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Caratula Odio sostenidocuando me muera, no me entierren ni me incineren. No quiero alejarme de mi familia. Llévenme al patio y déjenme ahí, tumbado, desnudo sobre el cemento -trataré de morirme la semana más calurosa del año-. Cuando la carne y la sangre se hayan derretido, limpien mis huesos con cuidado (agua y jabón serán bienvenidos) y llévenme al salón. Quiero quedarme en el rincón donde da la luz de la mañana, al lado del sillón en el que tantas veces me quedé dormido a altas horas de la noche, con el periódico entre las piernas. Pero no me dejen tirado, desparramado en el suelo. Pídanle a un carpintero un soporte para que me mantenga erecto, en la postura más suave y digna que encuentren. Prometo no asustar a las visitas. Al principio, solo un poco. Se extrañarán al ver un esqueleto en el salón, a las personas de casa entrando y saliendo como si no hubiese nada raro en la decoración. Las más desconfiadas no abrirán la boca. ¿Qué dirían, mientras la anfitriona les sirve el té? Sus comentarios sobre la decoración extravagante los dejarán para cuando se vayan, y en voz baja. Solo las visitas que no me conocieron en vida, claro está. Las que me conocieron, a lo mejor ni se dan cuenta de que me morí. Puede ser que al entrar incluso me saluden. Los más viejos, y por consiguiente más miopes, querrán conversar. Pero en cuanto se me acerquen con esa antigua manía de pasar el brazo por el hombro de los amigos, notarán la falta de sentido de sus gestos amigables y de sus palabras afectuosas. Se echarán unas buenas risas, estoy seguro -¿qué más podrían hacer?-. Preguntarán el motivo de la muerte: ¿Enfermedad o accidente? Aburrimiento, enfado, eso es lo que quiero que les contesten. Se cansó de estar aquí -pueden decirles, sin miedo ni vergüenza-. Aunque no haya conseguido amar la vida, el sol, el aire, ese tipo de cosas, en vida les amé a todos ustedes, en la muerte no va a ser diferente. Sábado sí, sábado no, si no les importa, déjenme un rato a solas con mis amigos. Sé que no les gustan, principalmente los que conservo desde la infancia. Viejos groseros, sin educación. Pero procuren ser simpáticos cuando me vengan a visitar. Si llegan a eso de las doce, invítenlos a comer, pobrecitos, no cuesta nada. Una cosa: no le ofrezcan torrezno a Onofre ni cerveza a Silviano. El hígado -quien lo tiene me entenderá-. Y Zeca Chancleta es diabético, mucho cuidado, no vayan a matar al sujeto. Todos ellos son buena gente, no lo duden. Después de comer, si ustedes quieren, arrastren la mesa de centro hacia aquí y tráiganme las cartas. Pídanle también a Maristela que prepare un cafecito mientras voy repartiendo. Si la tarde está bonita, abran bien las ventanas. Quiero sentir la brisa entre las costillas, los maxilares, dentro del cráneo. Si llueve, si hace frío, me basta con una manta sobre los hombros, solo para no perder la costumbre. Así se pasará el verano. El otoño. El invierno. La primavera. Por supuesto que la primera semana llevará más tiempo que el resto del año. Pero luego se darán cuenta, los primeros días, de que algunas de mis costumbres ya no les molestarán. Porque ya no las recordaré. Lo de ver la tele con el volumen a tope, por ejemplo. O lo de dejar la toalla mojada sobre la cama. La ropa sucia en el suelo de la habitación. Las uñas cortadas en el lavadero. Las cenizas de los cigarrillos en la alfombra del salón. El periódico desperdigado por ahí. Las llaves de casa Dios sabe dónde. Los regalos de cumpleaños. La agenda telefónica. Las migas de pan. A lo mejor echan en falta todas esas menudencias -a lo mejor, como yo, ni se acuerdan de ellas-. No me pasaré todo el tiempo produciendo ruidos inoportunos, eructando y tirándome pedos. Ni andaré en calzoncillos por casa. Es más, ni andaré. Si llaman al timbre, que se levante otro. Yo me quedaré en mi rincón, callado, posiblemente durmiendo todo el día si nadie me viene a ver.

Por Nelson de Oliveira (Cuento extraído del libro Odio sostenido (Borrador Editores, 2012))

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Autor: jardindelibros

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