JARDÍN DE LIBROS

LIteratura Peruana y Mundial

La canción del vagabundo

1 comentario

Richard Gwyn fue obrero, repartidor de leche, “clochard” y cuidador de casas en el Mediterráneo hasta que le diagnosticaron una hepatitis fulminante. Se salvó. Ahora, este escritor galés será uno de los invitados secretos del próximo Filba.

Richard Gwyn tuvo una vida agitada. Y quizás esa es la razón de que este autor  galés sea, en muchos sentidos, excepcional. Luego de unos breves estudios de antropología en la London School of Economics, fue obrero textil y repartidor de leche en Londres, y luego, vagabundo en Creta y en toda la cuenca del Mediterráneo, donde pasó nueve años transportando gente en botes, cuidando casas ajenas, siendo barman y mozo, haciendo las cosechas o simplemente sobreviviendo como pudiese para, como suele decir, “escaparse del thatcherismo”. Luego de recuperarse de una grave enfermedad, a su vuelta a Gales estudió Lingüística en la Universidad de Cardiff, donde se doctoró. Posteriormente ganó la cátedra de Escritura creativa. En eso estaba cuando le avisaron que le quedaban pocos meses de vida a causa de una hepatitis fulminante. Sin embargo, Gwyn tuvo la suerte de recibir un transplante de hígado y de recuperarse paulatinamente. Autor de cinco libros de poemas, dos novelas y una interesante antología de poesía galesa, acaba de publicar The Vagabond’s Breakfast (El desayuno del vagabundo), una memoir, como suele decirse púdicamente en inglés, donde se alternan todos estos datos, así como un primer y accidentado viaje a Buenos Aires, cuando vino a la semana de los editores extranjeros como invitado de la Fundación TyPA. En poco tiempo participará de las nuevas ediciones del Filba y del Festival de Poesía de Rosario.

-Acaba de publicar “The Vagabond’s Breakfast”, una suerte de autobiografía donde se refiere a sus experiencias como enfermo, además de narrar su vida como vagabundo en el sur de Europa, a lo largo de casi una década.
-La autobiografía o la forma ensayo –en la que, para mí, Montaigne ha sido un modelo– permite una libertad considerable. Mis exploraciones como ensayista no se limitan a los temas de salud o enfermedad. En 2002 y 2003 publiqué, respectivamente, Communicating Health and Illness y Discourse, the Body, and Identity. Lo que sucede es que, en ese último libro que usted menciona, esas cuestiones estuvieron mucho más presentes en el momento de la escritura. De todos modos, es cierto que hace algunos años escribí estudios académicos sobre la construcción cultural de la enfermedad y sobre la manera en que esa experiencia se formula a través de narraciones y metáforas. De modo que, probablemente, me sirvieron a la hora de escribir sobre mi propia experiencia. Sin embargo, no me veo como un especialista en los tópicos relacionados con la salud y la enfermedad; o, al menos, no al punto que excluyan otros tópicos posibles. De hecho, mi blog (http://richardgwyn.wordpress.com) puede servir de ejemplo. Ahí, creo, uso la libertad discursiva que ofrece el ensayo en casi cada entrada.

-Usted ha publicado, además, libros de poesía y novelas. Entonces, cuando se dispone a escribir, ¿cómo sabe que va una especie u otra?
-Es un pregunta complicada. Supongo que la respuesta más sencilla es que cada pieza de escritura tiene que encontrar su propia forma ideal, su propio género. Puede que se presente antes como la idea de un poema o de un cuento, y uno sabe instintivamente cuál es el género que podrá expresarla mejor. Las novelas, en cambio, son criaturas distintas y pueden estar germinando durante años, aun cuando no siempre resulte claro, incluso una vez que empiezan, cuál será su estructura final. Con esto quiero decir que soy el tipo de novelista que va a seguir el hilo desarrollado por los personajes que invento antes que guiarse por una trama global.

-¿Cómo se le aparecen las ideas?
-Generalmente, las ideas se me presentan como frases, una frase simple, que se desarrolla en otras frases. A pesar de que tengo muchas teorías sobre los procesos creativos, trato de no analizar demasiado esos procesos en relación conmigo mismo. Es una aversión fundada en una especie de superstición: me da miedo exponer esos procesos a la luz del sol porque pienso que puede matarlos.

-Imagino que, al publicar libros que responden a distintos géneros, también tiene distintos públicos. ¿Qué sabe o imagina de esos lectores?
-Viviendo en Gales, que es un país pequeño, tengo una idea muy clara de mis lectores más inmediatos y a muchos de ellos los conozco personalmente. Empiezo a perderme cuando considero un público anglófono más grande que excede las fronteras de mi propia patria –digamos, el resto del Reino Unido, los Estados Unidos o Australia– y, por supuesto, las traducciones de mis libros. En uno y otro caso la noción de “lector típico” –si es que esta especie existe– comienza a desdibujarse en incertidumbre. Por ejemplo, mi primera novela fue traducida al castellano; luego, al ruso, y pronto va a salir en chino y en árabe. Si uno suma los lectores potenciales son ilimitados. Uno puede conocer a unos pocos y a los otros, con suerte, imaginárselos.

-¿Cómo se siente ante esos lectores que conoce?
-Siempre resulta una sorpresa agradable cuando personas que corresponden a un origen y una educación muy distintos de los propios, viene y dice que lo que uno escribió les gustó. Ese tipo de intercambio mantiene viva la vaga y machacada creencia en el mundo escrito, idea desafiada por la dominación masiva de los medios audiovisuales y digitales. La mayoría de los escritores hoy es consciente de que el mundo de la edición está atravesando un cambio radical y que, para ser leídos, tenemos que emplear los canales disponibles en Internet, lo que incluye presencia en las redes sociales, escribir blogs y mantener actualizados las páginas web, por ejemplo. Por supuesto que los escritores no estamos obligados a hacer esas cosas, pero si no lo hacemos, no tiene sentido quejarnos de que nadie nos lee o de que nadie compra nuestros libros. Personalmente, yo disfruto escribiendo un blog. Me gusta el desafío que me plantea escribir algo más o menos espontáneamente cada día, y me gusta también esa sensación de continuo compromiso con el público lector.

-Se reivindica como galés antes que como británico. ¿Con qué otras tradiciones de las literaturas de lengua inglesa se siente emparentado y por qué?
-De chico, me encantaba toda la tradición fantástica que se remonta hasta la leyenda del rey Arturo y su ciclo. Como sabrá, en Gales, también tenemos nuestra propia mitología de la alta Edad Media, presente en “The Mabinogion”, una serie de libros donde se narran acontecimientos históricos y fantásticos, algunos de los cuales se vinculan a tradiciones anteriores, que llegan incluso a la Edad de Hierro. Por otra parte, esa sensación de que existe una levísima separación entre mundos, de que siempre un mundo puede conducir a otro, está muy presente en la tradición británica, desde Lewis Carroll a Tolkien (y más recientemente a J. K. Rowling y Phillip Pullman). Si uno combina eso con el elemento de aventura extrema, ya está, ya tenemos todo lo que un chico necesita. De adolescente, escritores como Coleridge, de Quincey, Stevenson y Conrad fueron una gran influencia. Es curioso que todos hayan sido vagabundos tanto en cuerpo como en espíritu. También fui fanático de la tradición cómica irlandesa: Joyce, claro, pero Flann O’Brien en particular, quien tiene mucho en común con Dylan Thomas. Está claro que en una casa en la que mi padre regularmente ponía en el tocadiscos a Richard Burton recitando Bajo el bosque de leche, Dylan Thomas era inevitable. Pero Dylan Thomas pronto le dio paso a Bob Dylan. Al final de mi adolescencia descubrí a David Jones, un galés de Londres muy admirado por T.S. Eliot, y un gran vanguardista, que –volvemos al principio– fue muy influido por las leyendas del rey Arturo. Otros autores que me interesaron fueron Ursula K. Le Guin y Angela Carter. En cuanto a la novela contemporánea, mucho me habría gustado haber escrito partes de V, de Thomas Pynchon, un libro absolutamente maravilloso, sin contar que lo escribió poco después de los veinte años, como una novela de aventuras, con ecos de Stevenson. En general admiro escritores que se diversifican y que no están ligados a un único idioma, como es el caso de las ficciones de Geoff Dyer, quien también escribió un gran libro sobre el jazz y otro sobre D. H. Lawrence. La poeta canadiense Anne Carson, otra de mis favoritas, es también una eminente especialista en clásicos. Digamos que, por regla, intento evitar el exceso de realidad en la vida cotidiana y de realismo en la literatura.

-Si se considera cuán pocos escritores británicos están interesados en otras tradiciones literarias fuera de las que ofrece el mundo anglosajón, usted es una rara avis. ¿Cuándo y cómo empezó a interesarse en otras literaturas aparte de la suya?
-Desde chico leí traducciones de novelas del francés, del alemán y del ruso. Luego, alrededor de mis 18 años, descubrí los cuentos de Borges, quien se constituyó en una gran influencia. También leí mucha poesía traducida en esa época. Me gustaban especialmente los griegos: Cavafys, Seferis y Ritsos. Para los veinte, ya había leído tanta literatura traducida como la que había leído en inglés. Nunca se me ocurrió que eso fuera extraño, aunque ahora puedo ver que, probablemente, no era común. En esa misma época leí Cien años de soledad, de García Márquez, y Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Ambas novelas me hablaron de manera mucho más poderosa que cualquier cosa que por esos años se estuviera publicando en inglés. No había nada que se les comparara.

-¿Influyó en eso el hecho de ser galés?
-No creo que haber nacido galés haya influido en mis lecturas. Con todo, Gales es un país bilingüe y eso siempre ofrece otra perspectiva ya que demuestra que hay más de una manera de ver las cosas. En la cultura galesa hay una gran tradición no conformista que lo invita a uno a cuestionar el status quo. Sin embargo, siempre preferí ser yo quien descubriese las cosas por mi cuenta más que limitarme a leer lo que aparece en las páginas de libros de los diarios dominicales. Por ejemplo, haber leído a Henry Miller cuando era adolescente me llevó a descubrir a muchos escritores. Sin ir más lejos, a Knut Hansun, que era prácticamente un desconocido porque, en esa época, sus libros estaban descatalogados. Como mucha gente que conozco, la lectura me llevó a buscar libros oscuros cuyos nombres descubrí en las páginas de los escritores que me gustaban. Y también en las notas al pie, claro.

-Da la sensación de que, además de las literaturas extranjeras, la literatura estadounidense cumplió un papel fundamental en su formación.
-Del mundo anglo-sajón, siempre preferí la ficción estadounidense que cualquier libro que saliera en Gran Bretaña. Principalmente Burroughs, Pynchon y DeLillo. También en poesía prefiero el estilo más abierto y generoso de los estadounidenses.

-Ya dijo cómo y cuándo empezó a interesarse en la literatura latinoamericana. Pero, ¿qué lo llevó a traducirla? ¿A qué autores tradujo?
-Nunca estudié formalmente castellano. Me fui haciendo de la lengua cuando viví en España. Hace poco cursé la licenciatura de traducción del castellano al inglés, pero no lo hice por razones profesionales, sino por mi propio interés, como un hobby. Empecé a traducir poesía hace unos siete años: Antonio Machado y Jaime Gil de Biedma fueron mis primeras víctimas. Machado me pareció terriblemente difícil, así que abandoné. Gil de Biedma fue más fácil y lo traduje y publiqué. Luego vinieron algunos poemas de Andrés Neuman, a quien conocí en el Hay Festival. Empecé a leer más poesía latinoamericana contemporánea. Mis lecturas fueron bastante caóticas, como siempre. Me limité a encontrar cosas aquí y allá, y a leer. Cuando algo me resultaba interesante, trataba de ver cómo funcionaba en inglés. Cuando le pidieron a Neuman que presentara un cuento para el número especial de la revista Granta, dedicado a narradores de lengua castellana, él les sugirió a los editores que me contactaran para traducirlo. Y lo traduje. Traduje varios cuentos y poemas de Andrés. También traduje poemas de Claribel Alegría y de Ernesto Cardenal. Pero no quiero traducir novelas. Trabajo en la Universidad de Cardiff a tiempo completo y apenas tengo tiempo para mi propia escritura. Pero los cuentos y poemas que me gusten los voy a seguir traduciendo. Ahora estoy con Joaquín Giannuzzi. Alguien me pasó uno de sus libros de poemas y empecé a leerlo. Me gusta y todo indica que estoy a mitad de camino de una antología. Pero en el mundo de la traducción, todavía soy un aprendiz que busca su propio camino.

-¿Qué reacción cree que provocaron esas traducciones en el contexto cultural de su país?
-En realidad, no tengo idea cómo fueron recibidas mis traducciones. Trato de transportar algo de lo que siento en el poema que podría no ser tan fácilmente accesible a un traductor que no sea él mismo poeta. Traduje poemas del catalán, del griego, el turco y el georgiano, pero siempre con la ayuda de los poetas implicados o a través de alguna traducción “puente”, lo que es otra alternativa enteramente distinta.

Por Jorge Fondebrider

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Autor: jardindelibros

Empresa de desarrollo audiovisual

Un pensamiento en “La canción del vagabundo

  1. Que chevere, tengo amigos que van a este gran Festival Literario en Buenos Aires, chevere…

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