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Latitud de fuego, tercer poemario de Andrea Cabel, juega con temáticas de belleza, despedida y el amor. Es una de las voces más interesantes de la actual generación…

1 Un libro, que no es más que puñado de páginas. Digamos que setenta hojas pueden encerrar el punto de partida para alguien. Para Andrea Cabel, Latitud de fuego (Borrador Editores, 2011), su tercer poemario, es su punto de inflexión.

Ella se va del país y nos deja este poemario. Se va porque a sus 28 años de edad siente que finalmente cierra un ciclo. “Siento que Lima y el Perú ya no son para mí, son una herida sin cicatrizar”, reflexiona la joven escritora.

Le cuestiono sobre las referencias geográficas del título. “La vida es un juego de distancias: ni tan cerca para quemarte ni tan lejos para enfriarte”, da por toda explicación. Y el fuego a cierta distancia te incendia e incluso puede matarte, todo depende del ángulo.
Latitud de fuego se divide en tres partes. “La proporción de la belleza”, la primera, se inspira en las premisas arquitectónicas de la construcción de las bases de las catedrales. Pabel trabaja sobre los temas de la belleza, las despedidas (“que también son bellas”) y la vejez, el paso del tiempo: “El río consume las estrellas / las gasta”, escribe en “tres, tú”.  
 
2 Para la autora, el gran reto de la poesía es “transmitir un afecto en palabras”. Y hay que ser valiente para desnudarse. Porque escribir poesía es una forma de enfrentar la vida desnuda.
Su Latitud de fuego es un libro sobre el amor, territorio donde siempre hay otras maneras diferentes de decir; donde no hay nada establecido, pese a la redundancia del sentimiento. (“los ángeles no tienen principio, / tampoco dureza para sufrir tu vacío”, escribe en el verso final de “el comienzo del humo”).
 
Y este libro, recuerda, es para cerrar un ciclo de vida, de todo lo que hizo por amor (dejar un trabajo y marcharse hasta Argentina sólo llevando la incertidumbre a cuestas).
En el país de los gauchos aprendió a aprehender, a ser menos soberbia, a dormir en un camión y a tejer. Entonces, aprendió que su patria es Latinoamérica y que la familia lo elige uno; ergo, sus amigos son su familia.  
 
Dice que estuvo ocupada viviendo, luego buscó la música que le gusta, fados, música francesa, vasca, para empezar a escribir y entregarnos su Latitud de fuego. Esta forma de decirnos que se puede ser una mujer de mirada fuerte, pero también un puñado de agua que es fibra en cada verso de una latitud, su Latitud. Ahora es hora de despedirse, de crear otro punto de inflexión. 
 
Por José Vadillo Vila
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Autor: jardindelibros

Empresa de desarrollo audiovisual

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